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viernes, septiembre 01, 2006

Sobre racismo, medios de comunicación e inmigrantes

Voy a cambiar un poquito las tornas con respecto al anterior post.

Día tras día nos encontramos en los medios de comunicación noticias sobre llegadas de africanos a las costas españolas. Digo africanos, porque los hay magrebíes y subsaharianos, o moros y negros, si se prefiere. Aunque, matizo, se puede ser negro y moro al mismo tiempo, esto dependiendo de la acepción que tomemos del término moro.

Son palabras que a priori no tienen por qué tener connotaciones peyorativas pero que en la práctica las tienen. Como casi todos los términos, creo que depende más de la intención que se tiene al pronunciar la palabra que de la palabra en sí misma. Soy de los que piensan que llamar negro al negro y moro al moro no tiene nada de malo si no se pretende ofender. Por desgracia, son los sectores reaccionarios los que ensucian y embrutecen adjetivos que de por sí deberían ser neutros.



El racismo es un tema bastante estudiado en las últimas décadas dentro de la Psicología Social. Pese a que el sentimiento de superioridad y persecución hacia otras razas haya existido siempre de forma manifiesta, no es menos cierto que la evolución natural de nuestra “mente social” ha conseguido que el racismo se considere un hecho reprobable en su expresión externa, aunque “de puertas para adentro” el racismo permanece latente y se manifiesta en muchas situaciones por acción u omisión. Se trata del racismo moderno, censurable en su expresión externa pero tolerado en su dimensión simbólica.

El hecho de que las manifestaciones racistas externas sean políticamente incorrectas obliga al racista a expresar sus emociones mediante cauces aceptados socialmente. Para ello apela a un difuso sentimiento patriótico o grupal, no vinculándolo directamente con la raza sino con otros elementos en los que “el de fuera” siempre juega con peores cartas. Delincuencia, criminalidad, drogas, falta de trabajo, etc. son lugares recurrentes a los que todo racista apela. Al racista no le importan los datos, las estadísticas, lo contrastable, lo objetivo, ¿para qué sirve eso?. La respuesta emocional hostil hacia el que viene de fuera con otro color de piel es ineludible. En el racista el intelecto está de más.

En España -mal que nos pese a muchos- existe una mentalidad tremendamente conservadora y cerril respecto a diferentes y variados temas. Una considerable mayoría vive mirándose el ombligo sin importarle el resto del mundo, los que vienen o los que van, las doctrinas espirituales y filosóficas diferentes, visiones distintas del hombre, el sistema o la sociedad, el más acá o el más allá. Para ellos, el cuestionamiento del sistema de valores y creencias simplemente no existe. Las cosas son las que son, es decir, las que el complacido ignorante cree que son.



Los medios de des-información contribuyen a esa sensación. Series de TV ridículas (“casualmente” casi todas de producción nacional, donde sólo al más tonto le quedan ganas de reirse después del tercer gag), programas del corazón (del hígado se deberían llamar), reality shows convertidos en armas de idiotización masiva y bombardeos químicos de noticias hacen que el españolito medio esté sometido a distintas fuerzas subliminales que inmovilizan con frecuencia las energías del cambio sobre ciertos clichés sociales.

Paralelamente y auspiciando al bombardeo de información nos encontramos con el avance tecnológico. Cada día aparece en el mercado algo nuevo que desear, un objeto de consumo que adquirir para saciar el hambre materialista. ¡Pero qué desarrollados y “primermundistas” que somos!



A todo esto, según una investigación de la Caixa de Catalunya y la Universidad Autónoma de Barcelona, es gracias a los inmigrantes –“moros de mierda” incluídos- que la economía española crece, por encima de lo esperado y de la media europea. Es decir, que las cuentas que el PP siempre estuvo tan orgulloso de mostrar durante su mandato fueron tan buenas precisamente gracias a esas personas a las que una parte nada desdeñable de su masa social rechaza.

¿Son tan peligrosos para la estabilidad del país los inmigrantes?¿O son en realidad los que están tirando de un carro que en otras circunstancias estaría en punto muerto? Menos mal que todavía tenemos paladines del sentido común como Ángel Acebes, si no fuera por ellos no sé lo que sería de éste nuestro país. ¡Arriba España, coño!



*Viñetas de J. Kalvellido, El Roto y Nano.

miércoles, agosto 23, 2006

Mirando con prismáticos al vecino de enfrente

Vivimos en una época de desorientación. La gente se comporta de manera errática al haberse desprendido de referentes por los que luchar. Siempre se ha batallado por alguna idea o algún valor, luchas que en la actualidad han quedado relegadas al espacio más íntimo de las personas o en el peor de los casos han desaparecido, desplazadas por el consumismo y el materialismo. Conceptos éstos que provocan momentos de placer, sin duda, pero que no traen una felicidad plena y real al hombre.



Antiguamente se luchaba por Dios -idea, la de Dios, que nada tiene que ver con la derecha política, que simplemente se adueñó de este concepto de manera infame-. La defensa de un ser superior mediante el uso de la fuerza hoy en día carece de sentido. Aunque como la mayoría de cosas que carecen de sentido, se sigue practicando. Y no sólo por parte del integrismo musulmán, también por parte de otros, que no han caído en la cuenta de que Dios no desea que en su nombre un hijo suyo mate a otro.

La lucha por la patria es algo más extendido y afecta a prácticamente toda la humanidad. El hombre todavía no ha pasado a esa etapa en la que velar por el bien común de todos los humanos, sino que se limita a defender a sus vecinos más próximos. Los que habitan más acá de unas fronteras arbitrarias que en algún momento se crearon, pero que siguiendo la misma lógica en algún momento cambiarán.

Podemos hacer el ejercicio de imaginar que el mundo es cualquier ciudad en la que habitamos, donde cada uno de los edificios representa a los distintos países. Lo más lógico es pensar que le debo el mismo respeto a mi vecino del sexto que al vecino que ocupa un piso de otro edificio y al que puedo ver con los prismáticos. Y se lo debo independientemente de la lengua que hable, de las normas de organización de su finca o de las opciones de conciencia que haya tomado. Pero no. Al del edificio de enfrente se le considera un peligroso extraño, ya que no pisa el mismo suelo y vive en un quinto sin ascensor. Este hecho se sustenta en una extrema intolerancia que tiene bases neurológicas, pero que fundamentalmente es inducida socialmente, desde que nacemos. Un miedo que se traduce en rechazo hacia el que es diferente, y, en casos extremos, en odio.



El ser humano tiene, por tanto, una asignatura pendiente, que es la aceptación de la diversidad humana, de la libertad de elección en todos los niveles, desde los más simples, como son la forma de vestir o la música que se escucha, hasta las creencias ideológicas y cosmológicas, si es que las tiene. Y respeto a la diversidad significa no-coacción, no-represión, no-violencia. Para conseguir este objetivo es necesario transformar las viejas estructuras psico-sociales que absorben cualquier resquicio de sentido común y lo manipulan en su favor, actuando a través de familia, escuela y entorno desde que el niño es pequeño e induciendo una hostilidad hacia el resto de humanos.

Quizás sea necesario que, en vez de cercenar la libre proyección de los niños desde que nacen, se les inculque todo el amor y el respeto hacia la vida humana, animal y vegetal, es decir, hacia la vida en todas sus manifestaciones.


*Viñetas de Nano y Forges