Hay un hecho que me llama muchísimo la atención, y es la
hipocresía y la
falta de conciencia real sobre la causa de los problemas de fondo. En este caso se trata de la corrupción. Siempre se ha dicho que el poder corrompe. Yo quiero matizar esta aseveración: no es el poder el que corrompe, es la persona la que se corrompe a sí misma. El poder no es nada, es una entelequia más, algo desprovisto de sentido sin un sujeto activo que le asigne un significado y una función. Somos los humanos los que dotamos de importancia o de falta de ella a las construcciones sociales, los que nos corrompemos o nos dejamos de corromper, en nosotros está la semilla del bien o del mal. Vamos a ir del hecho particular a lo general, siguiendo un esquema inductivo. Contrariamente a una opinión muy extendida socialmente, para ser corrupto no es condición necesaria ser multimillonario, político ni empresario. El día a día está plagado de hijos de puta corruptos, y que me perdonen las putas que no tienen culpa de nada.
El otro día alguien colgó en su blog la siguiente encuesta:
¿Que harías si ves que a alguien se le caen 20 euros y nadie lo ha visto?
En un mundo ideal y que funcionara correctamente la respuesta sería obvia. Pero en este planeta de hipócritas y sinvergüenzas resulta que casi un 40% de las personas se quedaría con el billete sin ir a devolvérselo al dueño (aunque no se trate de una encuesta científica, pienso que los datos empíricos de la realidad no deben diferir demasiado). Paso de puntillas por ese otro 60% que sí lo devolvería, porque es lo que toda mente lógica y sana haría, y me centro en este 40% que es el lastre y morralla de la sociedad, la causa de los males endémicos que hace que las cárceles estén llenas de chorizos y que haya tanta gente que no se fíe ni de su sombra.
Alguien podrá decir:
joder, macho, que son 20 euros, no es para tanto. Pero la cuestión no es si son 20 o 20.000, el hecho trascendente es que una persona reaccione de forma totalmente opuesta a cómo le gustaría que reaccionaran si fuera él quien perdiera los 20 euros. El gran Maestro de la humanidad dijo una vez
“no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti”. Y resulta que 2.000 años después de una enseñanza que sienta las bases del progreso humano hay un 40% de subnormales, entendiendo el adjetivo como seres por debajo de lo normal -está claro que están por debajo del restante 60%- que todavía no han captado el mensaje. Ahondando todavía más en el tema de si se debe devolver el dinero a quien observas que se le ha caído, es curioso comprobar como estos amigos de lo ajeno se sienten muy ofendidos si es a ellos a quienes no se les devuelve el dinero, lo que deja patente su doble rasero y la no interiorización de un valor que debe ser universal, o lo que es lo mismo, practican sin el más mínimo pudor ni vergüenza la ley del embudo.
¿Por qué los llamo hipócritas además de por lo anterior? La respuesta es muy sencilla. Estos sujetos anónimos son los primeros que luego critican y lapidan a los
políticos corruptos de Marbella, por poner un ejemplo de chorizos muy en boga. Los que primero acusan no lo hacen por un sentido de
justicia universal, de eso nada. Lo hacen por pura envidia, porque es a ellos a los que les gustaría haberse llevado todo ese dinero, por eso desean que se pudran en la cárcel los corruptos. Estos sinvergüenzas con familias y trabajos aparentemente normales son delincuentes en potencia. Lo único que les diferencia de los que están entre rejas es que no han tenido la oportunidad de pegar un pelotazo o delinquir a gran escala. Pero en cuanto tuvieran la oportunidad y creyeran que no van a ser pillados lo harían. Éste 40% es el verdadero cáncer de la sociedad.
Durante muchos años se criticó la corrupción de determinado partido político en España, hasta el punto de que algunos llegaron a llamarlo corruPSOE en lugar de PSOE. Seguramente este partido político llevó a cabo una gestión corrupta, seguramente no, con certeza. Pero se equivocaban quienes intentaban hacer una identificación que resulta sesgada y reduccionista. Por eso no entiendo a esas mentes simples y sectarias que se dedican a atacar a un partido o a otro, acusándolos de corrupción con el argumento infantil de “y tú más”. La corrupción no anida bajo ningunas siglas ni estrato social. Es un fenómeno que desborda a las izquierdas y las derechas, siendo en la intimidad de la
mente humana donde se fragua. Que una persona luego llegue a ser militante o votante de PP, de PSOE o de Batasuna es algo completamente accesorio y sin ninguna correlación entre causa y efecto.
Yo me pregunto por la importancia en términos reales de lo que se enseña en hogares y escuelas. Cuando unos padres no se dedican a formar
intelectual y moralmente a su hijo ya tenemos el problema montado. Sociedad de idiotas aquella en la que muchos piensan que por comprarle a un hijo todo lo que le pide ya ha cumplido como buen padre.
Estamos acostumbrados a que todo el mundo dé su opinión sobre diversos temas: el maltrato a las mujeres, el
No a la guerra, el rechazo a los corruptos (más que a la corrupción en sí)... Pero nadie profundiza lo suficiente en las causas de estos hechos, que seguramente tendrían menor incidencia si se invirtieran mayores esfuerzos para educar en la dirección correcta.
La estabilidad de un edificio depende de sus cimientos. Una vez cometido el delito todo el mundo señala y condena a quienes lo llevan a cabo, sin ser conscientes de que más vale prevenir que curar.
